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Nueva Constitución

Partageons les bonnes idées.


Ayer Daniel escribía a un grupo de amigos:  » Amigos chilenos de Francia. 

Ya estoy volviendo, luego de decenas de cabildos, marchas, charlas y conversatorios, con centenas de fotos y experiencias. « 

Aquí les dejamos su columna del 18/11/2019, sobre el acuerdo parlamentario del viernes 15/11/2019


Por Daniel Ramírez, doctor en Filosofía

Somos muchos los que nos alegramos sinceramente que haya habido un pacto político que permita salir de la crisis actual que es peligrosa, con su reguero de heridos y muertos, de abusos y violencias represivas, destructiva y agotadora para todos.

Celebramos como una victoria del pueblo que “la clase política” (aunque la expresión no sea rigurosa) haya aceptado realizar un plebiscito destinado a decidir si se quiere remplazar la actual Constitución, opción que será sin duda muy mayoritaria, y si se quiere que sea una Asamblea Constituyente que lo haga; opción que muy probablemente ganará.

Sin embargo, con un poco de reflexión, comienzan, lamentablemente, a aparecer los problemas, que no podemos ignorar, aunque el avance tampoco podemos desconocerlo ni debemos restarnos del proceso, ni oponer posiciones dogmáticas.

1) El nombre de la futura instancia constituyente.

Los parlamentarios están en su derecho y en su función de legislar, pero no pueden legislar sobre el lenguaje y sobre las palabras; no son la Academia de la lengua e incluso si lo fueran, eso no marcha. Esto se llama y se llamará Asamblea Constituyente, porque el pueblo lo ha exigido así y no con otro nombre, aunque quienes le tienen miedo al pueblo la llamen, como para tranquilizarse “Convención constitucional”.

En el libro 1984, Georges Orwell describe un país totalitario en el cual se obliga al pueblo y a sus instituciones a practicar la “neolengua” (newspeech) administrada por el Ministerio de la Verdad, formada de una cantidad increíble de eufemismos y contrasentidos, con el fin de evitar que el pueblo piense (lo cual por cierto es un delito). No estamos nada muy lejos de ese caso.

2) Las normas de funcionamiento.

Los parlamentarios están en su rol al proponer que haya un plebiscito para saber si el pueblo quiere o no cambiar la Constitución y para saber si se requiere para ello una Asamblea Constituyente (bautizada, por qué no “Consistorio Institucional”, si eso los tranquiliza; como ya se vio, la “neolengua” no funcionará). Pero no pueden dictar las normas de funcionamiento de esta. La actual legislatura está formada por parlamentarios que han jurado ser fieles a la anterior Constitución, no tienen legitimidad para decirle a la AC cómo debe funcionar. Ello vulnera la necesaria soberanía de tal Asamblea. Lo primero que una AC debe decidir es sobre su funcionamiento, los quórum, sus comisiones, plazos, etc. Y todo esto debe decidirse de manera soberana. Una Asamblea que no es soberana sobre su modo de funcionamiento es una Asamblea bajo tutela. ¿Cómo aceptar que una instancia bajo tutela escriba la nueva Constitución? El parlamento actual, fiel, por definición a la antigua Constitución no debe inmiscuirse en ello.

3) El método de elección de los representantes.

No debió ser decidido en el mismo momento del acuerdo político, a la rápida, a altas horas de la noche, el método de elección de los asambleístas. La arquitectura de una AC es algo de extrema importancia. Hay muchos ejemplos en el mundo y métodos diversos para designar a los asambleítas. Existe el método del sorteo, que es sin lugar a dudas el más democrático, y debe comportar un número importante de asambleístas (como el caso de Islandia, que es conocido). Se podría haber imaginado incluso una Asamblea Constitucional bi-cameral, una primera cámara por sorteo y la segunda por elección con atribuciones diferentes, o la mitad de representantes designados por sorteo y la otra mitad por elección. Ese punto importantísimo, debió ser materia de un largo y serio debate, transparente, con miembros de las organizaciones sociales, incluidos evidentemente representantes del vasto movimiento de cabildos que se han realizado espontáneamente (Unidad Social). Inventar y construir la arquitectura de una AC es un desafío apasionante y un momento privilegiado de democracia deliberativa. Nunca se debió haber privado a la sociedad de ello. El hecho que se trate del “mismo método electoral” y circunscripciones utilizado para elegir a los diputados, según el texto mismo del acuerdo, hace que esa Asamblea será sensiblemente parecida al actual parlamento, algunos partidos perderán algunos votos, otros ganarán unos pocos. Esto incurre en otro absurdo: el parlamento actual es el poder legislativo del Estado actual, de acuerdo a la antigua Constitución; su trabajo, así como el del ejecutivo, son la causa principal de la crisis actual. “Ellos son el problema” han dicho por millones los manifestantes. ¿Cómo imaginar que una instancia sensiblemente parecida a la actual, en la cual casi todos son miembros de partidos políticos (terriblemente desprestigiados, justa o injustamente, ese es otro problema), va a resolver los problemas de la sociedad que desencadenaron la crisis, los mismos problemas que ellos no supieron resolver gobernando y legislando?

4) El quórum de 2/3

Impuesto ilegítimamente, aparte de ese problema de incoherencia, tiene un inconveniente mayor: se exige que se tenga el 66,6% de votos para aprobar cualquier artículo de la futura Constitución. Como esta Asamblea será bastante parecida al parlamento actual, todo lo importante será materia de división y muchas veces radical. Nada realmente importante obtendrá este quórum, lo que implica que no habrá nada fundamental en la “Carta Fundamental”, porque los bloques de derecha y de izquierda (que existirán de manera muy similar al parlamento actual) se neutralizarán, vetándose fácilmente los unos a los otros; bastará para ello un tercio de los Asambleístas. Otros tipos de quórum calificado se podrían haber sometido a discusión, si ello parece importante, como por ejemplo los 3/5 (el 60%), 4/7 (el 57%).
Se ha dicho que fue un logro que se parta de “una página en blanco” y no de la anterior Constitución (lo cual no era una posibilidad sino una broma surrealista). Ocurre que con ese quórum, la nueva Constitución permanecerá con muchas páginas en blanco. Sólo cosas sin gran importancia o de un grado de generalidad y/o vaguedad flagrante, obtendrán mayoría para ser aprobadas. Resultado: una Constitución que no entusiasmará a nadie, totalmente inútil. ¿Esto es lo que se quiere? ¡Nos encontraremos en el año 2021 con una Constitución minimalista totalmente decepcionante para los unos y para los otros que deberá estar vigente por décadas! ¿Cómo imaginar que ello satisfará al pueblo? ¿No constituye eso una irresponsabilidad que nos expone a fallar a nuestra cita con la historia?

No es de extrañarse que el inmenso impulso que se ha logrado, la consciencia de libertad y de empoderamiento de millones de personas que han manifestado y participado en miles de cabildos, donde muchísimos ciudadanos estamos aprendiendo una forma extraordinaria de conversación cívica y a practicar la democracia participativa del futuro, no se detenga. Y que surjan dudas y exigencias sobre un acuerdo que a pesar de su urgencia, termina recordando la práctica de cerrojos institucionales que este país conocido.

Aun así, pienso que tenemos que participar en el proceso plebiscitario; que es fundamental que votemos por el Sí y por la opción Asamblea Constituyente (con el nombre que sea), al mismo tiempo de continuar movilizados, encontrándonos, aprendiendo, reflexionando. Esperarlo o exigirlo todo inmediatamente es algo que nunca ha resultado. La historia continúa y no se termina en la próxima Constitución. Recuperar nuestro lenguaje, nuestra voz, nuestra independencia de espíritu, nuestra solidaridad, conquistada en la calle y en los cabildos. Y avanzar en las ideas. El mundo político continuará probablemente durante largo tiempo a la siga, o al arrastre de los movimientos sociales, pero tal vez el impulso de estos, si permanece fuerte, nos permita avanzar a pesar del conservatismo.

Presentar, discutir y divulgar las ideas que una nueva Constitución debiera tener, los valores que queremos que iluminen el país del futuro. Presentar candidatos del mundo civil e independiente a la Asamblea. Hacer campaña, con conocimientos e inteligencia, con la generosidad que se ha visto surgir en este mes extraordinario en el que un pueblo se reencontró consigo mismo.


Esta columna fue publicada inicialmente en el sitio elperiodista.cl 

Mon Blog sur le Chili y france-chili.com publican esta columna con la autorización del autor

Crédits : © Daniel Ramirez

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