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El vértigo nos moviliza y activa

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Desde Chile Jaime Collyer nos brinda sus reflexiones sobre el « vértigo » que se vive en Chile desde el 18 de octubre, y que no deja a nadie indiferente.


Por Jaime Collyer


¿Qué habrá al final de todo esto que hemos vivido y seguiremos viviendo en el tiempo que se viene? Hay un momento deslumbrante en Cien años de soledad cuando los obreros, las mujeres, los niños de la región convergen en su huelga multitudinaria a la plaza de Macondo. Luego de varios días de espera llegan los emisarios del orden a apuntarlos con sus armas.

Uno de los Buendía está entre esa muchedumbre, “embriagado por la tensión, por la maravillosa profundidad del silencio y, además, convencido de que nada haría mover a aquella muchedumbre pasmada por la fascinación de la muerte”. Hay un vértigo parecido a este en los días que vivimos y, al igual que el de la novela, está entreverado de augurios inciertos y a veces ominosos, amenazantes, que por fortuna no siempre se cumplen.

El vértigo nos moviliza y activa, nos lleva a redescubrirnos individuos de una misma especie solidaria que había olvidado sus lazos primordiales, nos cohesiona y nos iguala. Es la sensación lisérgica del estallido colectivo, que rompe con los designios impuestos desde hace decenios sobre las mayorías.

Aunque de fondo acecha, a la vez, el augurio ominoso, la posibilidad de que todo se desplome en forma sangrienta, el temor de que la “minoría agresiva” y elitista que imponía sus condiciones precipite una vez más, como ha hecho habitualmente en nuestra historia, la resolución violenta y con la mano de otros.

Esto ya lo vivimos antes. “Esto ya lo toqué mañana”, como decía esa encarnación literaria de Charlie Parker en un cuento de Cortázar. Una frase reveladora a su vez de nuestro ánimo colectivo necesariamente oscilante, es el precio que se paga por querer despercudirse la injusticia.

Algunos (pienso que, ante todo, los que vivimos el 73) tendemos a cargar las tintas del lado de lo ominoso, haciendo advertencias, buscando evitar que todo se desbande, insistiendo en que esto ya se tocó antes, que es una melodía conocida y recurrente en nuestra peripecia histórica.

Los más jóvenes, por su parte, prefieren -con toda razón- seguir abiertos a ese mañana, pues, aunque ya se lo haya tocado antes y ya fuera interpretado, sigue siendo un mañana cargado de promesas, y la dura realidad cotidiana no basta para vivir, hacen falta sueños y promesas. Lo vivimos de forma distinta, las varias generaciones, pero todos sin excepción -me atrevo a decirlo- igualmente “embriagados por la tensión”.

Es extraño, un vértigo que nos lleva consigo y nos hace sentir redimidos, vivos, gregarios, parte cabal de la especie y la tan manoseada patria, pero a la vez, en mitad de la efervescencia, invadidos del mareo ese que a veces sentimos al borde del abismo.

¿Qué habrá al final de todo esto, de la euforia y el dolor vividos? Solo cabe apostar a la concordia y a un país más justo que el de hoy, a un país al fin de cuentas decente, en que nadie vuelva a rotular a otro gratuitamente de “atorrante” y lo conmine a volver a sus barrios.


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